(Aunque ahora cansen... me encantaron en su día, Dale al play)

Hacía mucho calor, tanto que las camisetas se pegan en la espalda. Uno de esos calores con los que no te puedes ni quitar la ropa, de esos que suenan a grillos secos en la calle. Que sales y está todo desierto. Esos días que si miras al infinito, este se borra en ondas en el aire. Tanya salió al porche y se apoyó a la pared blanca descorchada. Una lagartija subía sin problemas por el pobre estucado, y un grupo de moscas molestaban su cara redonda y morena. Cerró los ojos para descansar de la luz que se reflejaba en las paredes. Frunció el ceño y se masajeó las cejas. De repente se sintió muy cansada, tanto que se sentó en el suelo, deslizándose por la pared en su espalda. Tanya se hubiera quedado ahí, sentada, con los ojos cerrados, por el resto de su vida.
La Foto es de S. Parkey






