(Una De Mis Canciones Favoritas De La Guerra... Dale Al Play)
A mis abuelos, los cuatro, la guerra les pilló por sorpresa. Eran Obreros. Hijos de Obreros. Les tocó trabajar de aprendices sin apenas ir al colegio. La educación es cosa de ricos y ellos eran Obreros.
No entendían ni de política, ni de manos alzadas, ni de armas ,ni de puños cerrados. Pero les tocó pelear, les tocó una Guerra que ellos no empezaron pero si deseaban que acabara.

Mi abuelo materno era hijo mayor de viuda. No quería morir, tenía que cuidar de su familia. Alzó la mano cantando el Cara El Sol recomendado por su cuñado Falangista. Teruel era nacional y él se quedó en la retaguardia, en Intendencia. Sisaba comida para su madre y sus hermanos. Cuando terminó la guerra, quiso seguir siendo Obrero, y renunció al trabajo de oficina que la Falange le propuso. Jamás pisó una Iglesia, solo en las bodas de sus hijos. Jamás volvió a cantar el Cara El Sol, ni siquiera delante de su cuñado, de camisa azul.


Cuando les digo que los rebeldes del Estado Republicano fueron los Nacionales, que se levantaron en un golpe de estado en el 36, me mandan callar. Cuando les digo que la libertad no es tener pan, si no la posibilidad de elegir tu propio pensamiento y defenderlo con la dialéctica, jamás con las armas, bajan la vista.
Ellos se deslomaron a trabajar para que yo pudiera elegir, para que yo tuviera toda la información. Ellos me dieron la Libertad. Libertad hasta para discrepar con ellos, algo que mis padres no pudieron hacer con los suyos. Fueron de las familias que callaron por miedo y por no meterse en líos. Con sus ideas, quizá, pero de puertas para dentro.

Y no soy capaz, ni lo seré, de juzgar a mi abuelo por alzar la mano sabiendo que era de puño cerrado, ni reírme de mi abuela, por llorar cuando tiraban un petardo, ni menospreciar a mi madre, aunque siga pensando que con Franco se vivía mejor. Porque cuando el miedo, el hambre y la guerra se ceba con toda una generación de una familia, el juzgar lo que pasó es lo de menos. Lo de más es celebrar que, al menos nosotros, lo podemos recordar.
No entendían ni de política, ni de manos alzadas, ni de armas ,ni de puños cerrados. Pero les tocó pelear, les tocó una Guerra que ellos no empezaron pero si deseaban que acabara.

Que nunca te toque una guerra, era el deseo que mi abuela paterna nos decía cuando íbamos a merendar a su casa.
Ella no se fue a Valencia refugiada en el asedio de Teruel. Se quedó o más bien le tocó quedarse. Se escondía de las bombas con más civiles en los sótanos del actual Seminario, cerca de la torre San Martín de Teruel. De vieja, cuando oía fuegos artificiales, temblaba como una niña y se ponía a rezar. No era religiosa, pero el Run Run del padre nuestro le calmaba el recuerdo.Mi abuelo materno era hijo mayor de viuda. No quería morir, tenía que cuidar de su familia. Alzó la mano cantando el Cara El Sol recomendado por su cuñado Falangista. Teruel era nacional y él se quedó en la retaguardia, en Intendencia. Sisaba comida para su madre y sus hermanos. Cuando terminó la guerra, quiso seguir siendo Obrero, y renunció al trabajo de oficina que la Falange le propuso. Jamás pisó una Iglesia, solo en las bodas de sus hijos. Jamás volvió a cantar el Cara El Sol, ni siquiera delante de su cuñado, de camisa azul.

Soy Obrero, mi color ya está definido por mi condición, yo solo salvé la vida, me decía cuando le pedía que me hablara de la Guerra.
Mis padres nacieron nueve años después de la contienda. No pasaron hambre, pero si recuerdan el sabor de la leche en polvo y del queso americano que les daban en el colegio. Son un producto de la educación que el Régimen tenía. Los Rojos eran los malos, los que empezaron la Guerra, los que quemaban Iglesias y violaban a monjas. Ellos lo empezaron todo.
Cuando les digo que los rebeldes del Estado Republicano fueron los Nacionales, que se levantaron en un golpe de estado en el 36, me mandan callar. Cuando les digo que la libertad no es tener pan, si no la posibilidad de elegir tu propio pensamiento y defenderlo con la dialéctica, jamás con las armas, bajan la vista.
Ellos se deslomaron a trabajar para que yo pudiera elegir, para que yo tuviera toda la información. Ellos me dieron la Libertad. Libertad hasta para discrepar con ellos, algo que mis padres no pudieron hacer con los suyos. Fueron de las familias que callaron por miedo y por no meterse en líos. Con sus ideas, quizá, pero de puertas para dentro.

Y no soy capaz, ni lo seré, de juzgar a mi abuelo por alzar la mano sabiendo que era de puño cerrado, ni reírme de mi abuela, por llorar cuando tiraban un petardo, ni menospreciar a mi madre, aunque siga pensando que con Franco se vivía mejor. Porque cuando el miedo, el hambre y la guerra se ceba con toda una generación de una familia, el juzgar lo que pasó es lo de menos. Lo de más es celebrar que, al menos nosotros, lo podemos recordar.
Reflexiones Después de Leer El Corazón Helado, de Almudena Grandes, comprada en la mejor librería del País, La Clandestina
LasImágenes Son De Google, Si Son Tuyas Y No Quieres Que Estén, Dímelo Y Las Retirerá Inmediatamente
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