Cuenta la
leyenda que cuando nací, mi llanto sorprendió al médico que me dio el último empujón, y que mi madre olvidó los dolores previos cuando me tuvo apoyada en su pecho.
El cuento continúa narrando que desde bebé seguía con la mirada curiosa si había
música en la radio, y mi madre, tan dadivosa, me colocó un transistor al lado de mi cuna.

Así solo llorabas cuando algo gordo te pasaba, como tener pis en el pañal, o hambre, o dolor… si no, con la música estabas muy tranquila.
Y creo firmemente que las ondas cerebrales que creaba de bebé ya tenían forma de
pentagrama, la música siempre, desde ese momento hasta el día de hoy, me ha acompañado.
Esas ondas cerebrales de mi cerebro tenían un claro sabor a
guitarras, punteos, bajos con actitud y mucha, mucha rebeldía… desde que era pequeña, el
rock envenenó mi materia blanca, la actitud marcó mi adolescencia, y mucho tuvo que ver una noche, parecida a esta…

Era verano, hacía calor, ese
calor pegajoso que te hacía pasar horas en vela antes de caer rendida… pero estaba de vacaciones, y si dormía más o menos daba igual, no había que hacer gran cosa al día siguiente. Tendría unos ocho años y seguía teniendo un transistor al lado de mi cama, pero lo oía con auriculares para no molestar a mis compañeras de habitación, y sin embargo, hermanas. A las doce empezaba un programa de música rock que intentaba escuchar, porque me parecía tocar el cielo
dormir acurrucada oyendo a Queen o a los Rolling, pero esa noche, dormí soñando con él…
Conocía poco o nada sobre el rock y sus inicios, pero el locutor me habló del Sur de los Estados Unidos, del calor nocturno que tienen en
Memphis, de la época en la que salías con un chico a oír rock en el capó del coche, y con suerte, te tocaba algo mas que la espalda o el cuello.
Lo que significaba tener un
peinado, unas ropas o una actitud, de estar desafiante y chulo delante del poder establecido, de pasarlo bien siempre en compañía de tu gente, de tener mil razones absurdas para odiarlo todo y poner siempre la música del diablo a volumen atronador…

Y sonó él…
Elvis se metió en mi sustancia blanca, atravesó la gris, se incrustó en mi cráneo, se tatuó a mi piel… e hizo que, desde entonces, en la música, sea
monárquica hasta la muerte, porque esa noche calurosa del 84 conociera el rock más puro, el rock que amaré hasta que me muera.